Blog de oscar seidel

escritos

RECUERDOS DE UNA ÉPOCA

Escrito por oscarseidel 16-09-2016 en Escritos de amigos. Comentarios (0)

 RECUERDOS DE UNA ÉPOCA                                                                                                                                                                          Por: Miguel Medina Benitez

Tenìa alrededor de ocho años cuando llegué Tumaco procedente de Buga, mi ciudad, pues mi padre, el Doctor Alfonso Medina Navia, Odontòlogo, venia a abrir un Consultorio en asocio con su cuñado, el médico Manuel Benitez Duclerqc.

Fue una etapa llena de sorpresas. En un comienzo me matricularon en un Colegio de Monjas que atendían niñas y niños, y en donde, durante los primeros días nos sacudió un terremoto en la mañana, que nos obligó a devolvernos a casa. Allí continuaba con mi educación que había iniciado en Buga, y en donde hice una buena amistad con un compañero que se llamaba Santiago Escrucerìa, que posteriormente se radicó en Nueva York y del cual no volví a tener noticias.

Cuando a los 11 años se dijo que debía prepararme para iniciar mi bachillerato en el Liceo Tumaco, mis padres contrataron un profesor que iba todas las tardes a la casa y me preparaba en todas las materias para ser aceptado en el Liceo.El Profesor se llamaba JULIO ENRIQUE ESCALLON, quien posteriormente se destacò en la política nacional en Bogotà y fue muy conocido en todo el país. Murió en Cali, en Agosto del año 2.016.

Cuando se hablaba del Liceo Tumaco, el eje central era su Rector, el señor MAX SEIDEL,de origen alemán, y quien había llegado por segunda vez, años atrás, a continuar con una brillantìsima labor, de la cual quedarían agradecidos màs de cuatro generaciones de tumaqueños. Por aquella época los Bachilleres que se presentaban a las Universidades de Bogotà,eran admirados porque pasaban las entrevistas y exámenes sin ningún problema, debido a su extraordinaria capacitación.

El Señor Seidel ("Mister Seidel" como le decíamos los alumnos) hablaba varios idiomas (Alemán, francés, inglés, español,....) y dominaba todas las materias que daban en esa época, pues tenìa la particularidad de reemplazar a los profesores que por alguna razón personal no podrían asistir a clase. Por otro lado, que recuerde, su principal función era crear valores en sus alumnos, como la honorabilidad, la tolerancia, el respeto, la laboriosidad, etc., y además, una vez a la semana, nos obligaba en las tardes, a leer en la Biblioteca clásicos de la Literatura Universal y a opinar sobre la interpretación que cada uno le daba a la obra.

Recuerdo, además, que para festejar un 20 de Julio, recorrió los seis salones de Bachillerato,y en cada uno seleccionaba un Alumno para que ese día, 20 de Julio, dijera un breve discurso sobre la Independencia de nuestro país y sus resultados posteriores. Yo, que estaba en 4º de Bachillerato, casi me privo cuando al entrar al salón me señalò con el dedo y me dijo: "Usted, Miguel, hablarà en representación del 4º de Bachillerato"Tuve que documentarme en la Biblioteca y con mis tíos, y creo que ese día leì uno de los mejores discursos sobre nuestra Independencia.

Cuando terminè el 4º de Bachillerato, mi padre fue llamado por Gobierno Central de Bogotà para que colaborara en la organización de los nuevos Centros de Salud que se iniciaron en esa época, y fue entonces cuando nos trasladamos a Bogotà.

No obstante, a partir de esa época, siempre he seguido las enseñanzas de "Mister Seidel",sobre todo en la aplicación de los Valores y en la lectura de buena literatura, de la cual soy un asiduo seguidor.

Creo que la relación y los recuerdos que guardo de "Mister Seidel", ha sido lo mejor que he tenido en mi vida.

MIGUEL MEDINA BENITEZ


Libro “Realidad de una Vocación”

Escrito por oscarseidel 25-06-2016 en Escritos de amigos. Comentarios (0)

Libro “Realidad de una Vocación” 

Fragmento del Prologo

Es un decir muy manido que la cultura no tiene limites nacionales. No hay para ella aduanas. Ya está muy dicho, pero es un aserto que, como otros muchos, tenemos que recordarnos continuamente, porque las cosas más elementales, de tan conocidas, las olvidamos con frecuencia, como protestaba Unamuno. La Alta Silesia patria del educador alemán, y Tumaco su escenario adulto, antagónicos geográficamente, están vinculados para siempre por la actuación de Max Seidel; una actuación no casual sino como Humana llena de sentido, dotada de fines, en el cumplimiento de esa necesidad de realización que el hombre tiene, de llegar a ser lo que en él insinúa y a veces arrastra de manera irremediable (lejos quizás de la patria) y al cual aludimos con un vocablo muy gastado: vocación

Una Escuela para el Pueblo                                                                                                                                                                                     El movimiento educativo en el departamento de Nariño se manifiesta del centro a la periferia y termina en la costa. Si se mira con ligereza de criterio pudiera creerse que el que surge en Tumaco con la Escuela Pedagógica es una lógica continuación. Pero no es así. Aislado el puerto de Tumaco del centro del departamento por carencia de vías de comunicación, que explica la selva y la barrera natural de los Andes, no tuvo contacto fácil y continuo con las gentes del paisaje cultural cordillerano. Los interesados comerciantes de poca monta que venían esporádicamente a intercambiar sus productos —alimentos de origen animal, cereales—  eran personas de escasísima cultura. El agua turbia del río los llevaba con prisa y, ya de regreso, consumíanse en largos días de sudor y hastío.-

La comunidad de entonces obró con todas sus fuerzas en el sentido de crear una escuela para el pueblo. En 1909 aparece la primera planeación en este propósito. En la sesión del 16 de julio del Concejo Municipal, Eladio Polo R., propuso la financiación de un local destinado a ser plantel educativo. Urgido de crear elementos capaces de emprender la campaña educativa del pueblo, este plantel tendría finalidad pedagógica. Un año más tarde ésta idea cristalizaba con la inauguración de la Escuela Pedagógica con capacidad para cincuenta alumnos. Ello no hubiera sido posible sin la favorable circunstancia de la situación económica, envidiable en aquella época. Tampoco sin el gran espíritu cívico y la preocupación del poder oficial. Gracias a este último fue posible la contratación de un pedagogo de reconocidos méritos y gran capacidad de trabajo, natural de Alemania, la nación primera en los sistemas de enseñanza.-

MAX SEIDEL

El 7 de enero de 1882, en la ciudad de Leobschüetz —Alta Silesia— nació el señor Max Seidel. De hogar humilde, conoció desde sus primeros años el trabajo que regula la subsistencia. Su padre era ebanista. Murió en un accidente, cuando trataba de arreglar una ventana de un edificio. El y su madre, constituían los  

amores más grandes de su vida. De niño hacía de acólito en la iglesia de su barrio y tan bien se desempeñaba en su oficio que le menudeaban las propinas. Con ellas reunía dinero suficiente para comprarse un par de palomos y regalárselos a sus padres en el día de sus cumpleaños.- Hizo estudios en la Escuela Superior de Pedagogía, distinguiéndose como un excelente estudiante, razón que se le concediera una beca. Y posteriormente pasó, en igual forma, a la Universidad para especializarse en Matemáticas, Lenguas, Física y Química, obteniendo de esta manera el título de Rector de Segunda Enseñanza. Contaba diecinueve años de edad cuando fue llamado a prestar el servicio militar obligatorio. En los cuarteles prestó también su contingente como profesor. Dado de alta ocupó la posición de director del Colegio de señoritas en Berlín, y allí se encontraba cuando fue contratado para venir a Colombia. El gobierno alemán le concedió licencia indefinida. El señor Seidel hizo aquí acopio de méritos para la Gran Medalla de Honor que el gobierno alemán le concedía cada año por su esfuerzo como educador y buen ciudadano en comisión. Al nacionalizarse en 1938 perdió la oportunidad de reincorporarse a la dirección del colegio y su país cesó de otorgarle la Gran Medalla.-

El Viaje                                                                                                                                                                                                                    Un joven de esbelto cuerpo, ojos azules y mirada profunda, aborda un barco. El calendario marca 9 de septiembre de 1911. Un país lejano le espera. Tiene un sentido heroico de la vida, una rígida disciplina del deber. Pero sí algo se define con mayor claridad es su maravillosa vocación de maestro, que conlleva el espíritu investigativo, protuberante en el señor Seidel. Y cuando su barco alejándose cada vez más, ya no le permite ver sino bruma y agua, fija su mirada azul y profunda en el pasado donde surge la imagen brillante de un varón de Humboldt.-

El dos de noviembre arribó a Panamá. Durante su breve permanencia se preocupó por averiguar la organización y funcionamiento de los colegios de la zona. El joven Max Seidel sabía positivamente que era necesario conocer primero las costumbres, el idioma, la experiencia y la técnica, del medio en que iba a actuar; para luego introducir las reformas, aplicar los sistemas llamados avanzados, sirviéndose en un todo con tacto y razón de la ciencia y la experiencia que él traía. Pocos días después el señor Seidel llegó a Tumaco. Y no concedió holganza a su cuerpo trabajado por el largo y novedoso viaje. A la mañana siguiente comenzó sus labores como Rector. Una revisión al modesto edificio del claustro. Y luego procedió a instalar el gabinete de Física y Química que él había traído. Igualmente una serie de libros, comienzo de biblioteca que fue más tarde admirable, y materiales didácticos.-

El Paisaje

Perdida en el suroeste colombiano, una región de insospechada belleza natural ofrece calor, luz y alegría sin reservas para el germano visitante. Él tiene una insaciable curiosidad. Y surgen para quienes le rodean las preguntas. Sobre historia, geografía, vida social y económica, etc. Algún día, sin sospecharlo siquiera, este pueblo será conocido por su cultura primitiva en museos y motivo de interés para científicos. Y el extranjero que ahora pregunta tantas cosas, una guía y una fuente de valiosa información. Pascual de Andagoya y Francisco Pizarro fueron los primeros descubridores de la costa colombiana del Pacífico, a principios del siglo XVI. Este último tocó la isla del Gallo, situada al norte de Tumaco, en su expedición al Perú, En su libro "Los descubrimientos del Mar del Sur", Andagoya refiere haber encontrado en las orillas de los ríos —abundantes en esta zona— tribus de indios, Iscuandé en el río de su nombre, y Túmas en el Mira. Estos indios tenían una organización económica basada en el trueque con tribus del interior. Créese que fueron los Túmas los fundadores de Tumaco, en 1704. Este perteneció durante algún tiempo a la provincia de Buenaventura, pero en el año de 1835 se desmembró de dicha provincia junto con Barbacoas. Desde el año de 1905 es parte del departamento de Nariño, erigido en departamento en la misma fecha, con las tierras meridionales del Gran Cauca.-  

El elemento humano se halla concentrado en una islita de menos de un kilómetro de área, integrante de un archipiélago continental. El municipio es una vasta región, cruzada por muchos ríos y que en la zona costera, debido a multitud de esteros y caños, forman una gran red de comunicación para pequeñas embarcaciones. La gente se dedica a la pesca principalmente y la explotación rudimentaria de algunos recursos naturales, tales como maderas de construcción, tagua o marfil vegetal, caucho, cultivos de cacao, cocoteros y árboles frutales. Extensos bosques de mangle cubren esta ancha costa, baja y aluvial. Apenas si se utiliza de ellos la leña para la comida diaria. Que abunda para todos.-  La tierra inculta y feraz es casi ilímite para el ambicioso. El mar es una poderosa atracción, para el nativo es una fuente que brinda con escaso esfuerzo sus bienes. Y otras cosas buenas vienen de allende los mares. Así acaba de llegar un hombre.-   La isla tiene forma de dos pescados unidos por el espinazo y se extiende en sentido occidente oriente. La parte que hoy corresponde al barrio de Pueblo Nuevo era un potrero, lleno de árboles de icaco, y el estero que divide la isla un manglar donde las gentes pobres recogían moluscos para su alimentación. El 7 de agosto de 1919 el Concejo Municipal ordenó trazar las calles de Pueblo Nuevo. Desde entonces las gentes lo llamaron, indiscriminadamente, Pueblo Nuevo, Pantano de Vargas o Siete de Agosto.

Primeros Colaboradores 

Subdirector de la Escuela pedagógica fue designado el docente Juan Evangelista Cruz, abogado dedicado a la enseñanza. La Escuela Anexa fue encomendada al señor Salomón Salazar, maestro de escuela superior. Para la enseñanza de lenguas y matemáticas destacó al profesor Pablo Bernardo Winnant. Otro nombre que debe citarse es el del profesor Carlos E. Silva.- Los primeros años la Escuela funcionó regularmente. Su sostenimiento corría a cargo del municipio que, como dijimos, gozaba de una buena situación económica. Por su parte el señor Seidel le consagraba a todo su tiempo y energía disponibles.

El Retorno a la Patria

La guerra del catorce afectó duramente la situación de prosperidad que se vivía.-Cumpliendo su deber para con la patria el señor Seidel partió rumbo a Europa. En Nueva York tomó un barco italiano, pero durante la travesía del Atlántico, Italia le declaró la guerra a Alemania y la nave cambió de ruta, dirigiéndose a Inglaterra. Allí todos los alemanes fueron tomados como prisioneros de guerra. El señor Seidel aunque portaba un pasaporte suizo tuvo que correr la misma suerte de sus compatriotas. Antes de ser requisado, comprometido con un mensaje secreto de su país, el señor Seidel fingió necesidad de ir al excusado y, entrado que hubo sacó el papel del bolsillo, lo leyó para grabar su contenido y rápidamente se lo tragó.-

Varios años pasó el señor Seidel en el campo de concentración de la isla de Mann, situada entre Gran Bretaña e Irlanda, sobre el paralelo 54. Pronto, debido a su cultura, destacó de entre sus compañeros, y ejerció la docencia con ejemplar abnegación. Terminada la guerra regresó a Alemania, donde el gobierno reconociendo su gran labor en la época de su concentración, le condecoró con la Medalla de Buen Soldado. Igualmente fue ascendida a Sargento Mayor.-  La felicidad embargaba su corazón era el retorno a la patria y el reencuentro con los seres queridos largamente extrañados. Atrás quedaban como una pesadilla las noches de cautiverio que sólo tuvieron una luna nueva de desesperanza. La soledad que ennoblece el espíritu de los grandes, le dejaba una enseñanza poderosa para su lucha del futuro. Algo ha cambiado en él. Es un hombre que sabe concretar su deber entre la bruma de las preocupaciones.-

La Compañía Educacionista del Pacifico 

Mientras tanto la ausencia del señor Seidel pesaba mucho en el destino de la Escuela Pedagógica de Tumaco. A este factor humano, principalísimo, uniese la crisis económica motivada por la primera guerra mundial, y cuya causa primera era la no importación de productos, materia prima para los países del extranjero comprometidos en la conflagración. El plantel estuvo a punto de perecer.-  Un grupo de personas de valía consideró el problema y trató de salvar la Escuela, estableciendo en 1920 la Compañía Educacionista del Pacífico, integrada por elementos de la sociedad tumaqueña y barbacoana. La orientación inicial de la Escuela se modificó un poco. El plantel tendría ahora carácter definido de enseñanza secundaria, más sin descuidar la formación de maestros que tanto necesitaba la región. También se sumó a esta Compañía el esfuerzo oficial. Gracias al concurso municipal fue posible nuevamente contratar los servicios del señor Seidel, a la sazón en Alemania. El empeño tenaz, el espíritu generoso y desprendido, hicieron el resto para sacar a flote una institución agonizante. Que prácticamente resurge con el nombre de LICEO TUMACO.-

Los diez primeros años del Liceo Tumaco   

La Compañía Educacionista del Pacífico siguió en la administración del Liceo. Pero paulatinamente las necesidades económicas de la institución iban agotando las posibilidades de la citada Compañía. La situación empeoró y se hizo perentoria la ayuda oficial del departamento de Nariño. Fue posible el éxito por el gran espíritu cívico de las gentes que, a diferencia de cierta apatía que observamos hoy, obraba convencida de que un gran factor de su progreso era el alcanzar un alto nivel cultural.  Concreción de ese proyecto. Firme a través de todas las vicisitudes, fueron, en 1929, los primeros bachilleres en el Liceo Tumaco: Ermínsul Cortes, Benjamín Benítez, Elio Torres, José Ermínsul Rodríguez y José Satizábal. En general ellos han respondido decorosamente a su condición de primera promoción del Liceo y el desvelado magisterio del Señor Seidel.-

El amor llega 

Caballero ejemplar y dotado de una atrayente personalidad, el señor Seidel era bien recibido en todas las casas distinguidas de la ciudad. Destacaba la de la familia Márquez, cuyos hijos iban a Europa a estudiar. La señorita Emma Márquez, estudiaba bachillerato en la población de Túquerres. El año de 1922 ingresó en el colegio que dirigía el señor Seidel para recibir clases de música y lenguas (inglés y francés). Fue así como el señor Seidel conoció a la que más tarde sería su esposa. Diestro en el violín, el lenguaje superior que surgía de sus notas, llevaba también uno más fuerte, el del amor que calienta las raíces más profundas del árbol de la vida. Y el romance culminó en la iglesia de "San Andrés", el 29 de marzo de 1924. El acto constituyó una ceremonia imponente que los viejos de hoy día recuerdan con admiración.- Frutos de ese vínculo son: Franz, Max, Ilse Nhora, Martha, Rita y Otto Seidel Márquez. Su simpática hija Martha, vivo retrato del padre, murió a principios del año 1946, cuando iniciaba siguiendo el ejemplo de su progenitor, el largo apostolado de la enseñanza. Recordamos la tristeza y la pena que invadió a todo el estudiantado liceísta, y el sentimiento de pesar de una sociedad que la apreciaba tanto. Apenas si alcanzábamos a imaginarnos el dolor de un padre que sabíamos la quería muchísimo. Pero apareció, como siempre, el profesor, sobrepuesto milagrosamente a su dolor y amargura.-

Dos nombres que se confunden   

Cada año que transcurría la obra del señor Seidel iba haciéndose más sólida. Provisto de una singular capacidad de adaptarse a las cosas extrañas y tratar de comprenderlas, paulatinamente se convertía en un elemento propio de la región, que sabía sus costumbres y buscaba relievar su cultura. Objetos de arte, muestras del trabajo del complejo cultural de los Tumas, fueron estudiados y enviados, para mayor certeza, a autoridades científicas a fin de que les diesen su verdadero valor. El mismo buscaba y coleccionaba tales objetos, cuando el absorbente magisterio se lo permitía. El nombre de Tumaco fue motivo de admiración y gentes provenientes de lugares distantes cuando lo visitaban se dirigían en primer término al señor Seidel; como la persona más indicada para suministrarles las informaciones que precisaban. El rubio color de su piel y la dificultad de pronunciación en algunas palabras eran los rasgos diferenciativos más protuberantes en relación al nativo. Ya su voz tenía el acento melancólico y pausado de las gentes de mi tierra, contemplativas del mar y por lo mismo convencidas de que todas las cosas pasan, algunas para tornar luego y otras jamás, así como el paso de la estela que se deshace. En 1938 se había nacionalizado, siendo presidente el doctor Eduardo Santos.-

 La segunda etapa del Liceo Tumaco 

Cuando se piensa sobre los sucesos de la vida realizarla en pleno dinamismo parece que la tragedia siempre acecha las grandes acciones. El triunfo sólo es un instante. Lo de atrás es sudor, sangre y lágrimas, como dijera alguien. Pero ese instante, que prueba el temple de los hombres, basta para inmortalizar.

Tumaco es un pueblo hasta cierto punto estoico. Lo prueba su serena resignación frente a la tragedia de los incendios que ha vivido varias veces. Pero esa grandeza de alma no ha sido aprovechada para la labor reconstructora. Pasivamente el tumaqueño ha contemplado cómo se derrumban sus cosas. Pacientemente ha esperado una ayuda oficial que tarda. Y los hombres de talento disipan su inteligencia en hechos intrascendentes. Al pueblo falta alguien que le diga qué debe hacer para levantarse de la ruina en que vive. Una suerte de hombres sinceros que estudien la realidad social, económica, cultural, etc., para proyectar un plan de acción efectivo. Nuestro reciente pasado nos proporciona elocuente ejemplo: los hombres de ayer nos legaron una institución cultural. ¿Qué hemos hecho para conservarla, para aumentarla en el orden de su cultura? Una mirada al teatro de los acontecimientos bastará para convencernos de la triste realidad. El extranjero necesitará que se le diga dos veces: "éste es el Liceo", como aquel pintor de que nos habla Cervantes, que trataba de pintar un gallo y le resultaba una montaña, razón por la cual siempre ponía debajo de su cuadro; "este es un gallo". ¿Hemos, acaso, llegado al punto del desconcierto, en que no sabemos lo que nos proponemos y bautizarnos arbitrariamente lo que resultare?

Ha llegado el momento de levantarnos. Todavía hay la fe de un progreso futuro. Sacudámonos de ese Inmovilismo fatal y hagámonos desde hoy algo con conciencia.-

El incendio del 47  Las casas, en su mayoría construidas de madera, y la brisa del mar, facilitaron la acción destructora del fuego. En uno de los teatros de la ciudad —el Lux, de los señores Escrucerías— se exhibía la película "Casa de Muñecas". Un accidente en las máquinas proyectoras originó el incendio, que rápidamente se propagó a toda la mitad oriental de la isla.-

Parado, rígido, frente a las llamas que devoraban el edificio de dos plantas del Liceo Tumaco, el señor Seidel permanecía insensible al calor. El también dio calor de vida a esas aulas. El también vio solitario, por encima del cansancio de los días, horizontes más resplandecientes que aquellos de rojo color. Pero ahora y la luz eran de muerte. Y la muerte de las cosas que más amamos quiere matarnos a nosotros también. Su hogar quedaba sin techo. La desesperación cundía por todas partes, y él mismo sentía que su círculo fatídico le envolvía cada vez más. Hasta entonces él había tratado de comprender todos dos sucesos humanos. Pero el destino lo golpeaba ahora fuerte. ¿Es que la grandeza se fragua en el dolor? Nada de lloros ni de aspaviento por aquello que no se comprende. Es preciso levantarse con ánimo de lucha después de la caída.-  

La mañana del 10 de octubre de 1947 había tristeza y desolación sobre la isla. Pero algo que se sobreponía sobre toda esa miseria quedaba incólume: la figura del señor Seidel. Si el hombre perdura a través del tiempo y el espacio por la cultura —que son las diversas creaciones del espíritu— esas gentes que se nutrían de su espíritu estaban llamadas a salvar a Tumaco.-  

Sobre las ruinas se levanta El Liceo 

Utilizando el material de primera mano, sometiéndose a jornadas agotadoras, el Liceo reanudó bien pronto sus labores, iniciados pocos días antes del incendio. La sensibilidad oficial se hizo manifiesta, aparte del abrumador concurso de toda Colombia en los primeros auxilios. Los alumnos de último año de bachillerato fueron becados para concluir sus estudios en la sección de bachillerato de la Universidad de Nariño, con sede en la ciudad de Pasto.-  En 1948 el representante costeño, Moisés Humberto Escrucería, obtuvo la aprobación de la ley 114, por la cual se nacionalizaba el Liceo, con el nombre de "Max Seidel". Ley que por costumbre inveterada en Colombia, sólo entró a regir en el año de 1952. Y esto gracias a la campaña realizada por los señores José Elías del Hierro, Jorge Buendía, Luis Alejandro Guerra y Carlos Albornoz.-  El Liceo redujo su bachillerato a los cinco primeros años, por carencia de profesores y laboratorio. La mujer recibía allí igualmente educación. Más obligante se hizo esta oportunidad de estudio que le ofrecía el Liceo, a raíz del incendio que arrasó el colegio de las Madres Betlemitas. Este impartía los cursos de la primaria y el año primero de bachillerato.-

La mujer sin educación 

Sus dotes de gran pedagogo le permitieron mantener sin tropiezo la coeducación hasta el año de 1951. El viejo problema de la educación conjunta de los dos sexos, peligrosa para algunos espíritus criollos, resurgió. Y se trajo a colación las disposiciones de un Concordato entre el gobierno colombiano y la Santa Sede. El Prefecto Apostólico de esa época, monseñor Pedro Nel Ramírez, se interesó por suprimirla, cortando de raíz en esta forma un supuesto mal, pero creando otro todavía mayor: la falta de educación de la mujer tumaqueña.- Que sepamos, no se hizo esfuerzo alguno para subsanar este grave problema. Y las señoritas siguieron indefinidamente privadas de educación, hasta hace unos pocos años en que se fundó el colegio de "Santa Teresita". Esta institución cuenta actualmente con tercer año de bachillerato y se adelantan gestiones ante el gobierno nacional a fin de obtener su aprobación oficial. Merece destacarse en el esfuerzo de crear un centro femenino de enseñanza la reverenda hermana Rita, su actual directora, secundada admirablemente por monseñor Luis Irizar Salazar.-

El Retiro 

El 22 de febrero de 1953 dejó oficialmente la rectoría del Liceo el señor Seidel. Su rostro venerable por los años y ese aire solemne que le daban sus años de intensa experiencia, quedó, sin embargo, fijo en la memoria de todos. El rústico sillón, donde meditó tantas horas, sirvió para recordarlo, allá en su rincón, en aquellas sus horas de soledad en medio del barullo de la muchachada. Unos vieron en la medida adoptada por el gobierno la intención del descanso para un eximio educador. Otros, el resultado natural de una política de acción mal concebida que ha primado en el Ministerio del ramo. El hecho es que el hombre que informaba toda la realidad del Liceo salió silenciosamente. Como uno cualquiera. Pero su obra se había realizado también en silencio. Y sin embargo, el señor Seidel no se iba satisfecho. Esa clase de hombres como él han nacido para luchar hasta el fin de sus vidas aquí en la Tierra. Son como las plantas que permanecen erguidas hasta la última gota de savia. Bien que no hubiese escuchado la alabanza, porque ella le habría despertado sentimientos de culpa en relación a lo que restaba por hacer.-

Sin prometérselo daba hasta el último instante de su vida pública una lección. Muchas otras, fuera de lo rutinario —digamos así— de atiborrar conocimientos, ya había dado. Era la verdadera concreción del maestro: en la cátedra y en la vida, que suele ser mucho más fecunda que todas las cosas. El amor a una tierra que no era la suya, y el cual había puesto aprueba rechazando ventajosas oportunidades con el gobierno ecuatoriano y en ciudades colombianas, indudablemente de mayor progreso que Tumaco. Pero la gran lección de su vida, de su carácter, mejor, no se ofreció nunca tan evidente como en el día de su obligado retiro. Ello es que imponiéndosele una frustración de su vocación, atropellándosele en su seguridad básica económica, el señor Seidel no profirió una queja ni un lamento. Sabía perder y sé reconfortaba con la convicción de que un hombre puede ser vencido pero no destruido. Esta vez recordaba quizá aquella mañana del 10 de octubre de 1947. ¿Qué se propuso luego? Hermético, enflaquecido por la diabetes, un poco sordo y débil la vista, alejose del mundo en la compañía de sus libros. Vestido de blanco —su color predilecto— recostado sobre la cama, o sentado cuando se sentía aliviado de los dolores que le aquejaban, leía y traducía sus libros, provisto de gruesa lupa. Frecuentemente salía con su señora esposa a dar un paseo por el parque "Cristóbal Colón".-

Una última ocasión apareció en público. Era el 15 de mayo de 1956. El magisterio primario le rendía homenaje con una tarjeta de oro y frases generosas y grandes. Entre la numerosa concurrencia había muchos discípulos suyos. Su presencia fue un atronador momento de aplausos que parecía no acabar. Instado a pasar el estrado de honor, el señor Seidel, apoyándose con dificultad en su bastón, dijo entonces unas pocas palabras: —yo he cumplido simplemente con mi deber. Y un hombre que cumple con su deber no merece mayor homenaje que el reconocimiento de su labor realizada.-

Cuánta lección de humildad para tantos hombres inflados y dilatados en su ego, que van por el mundo ostentando el honor, así como la esponja saturada gotea el agua por doquier.-

Conclusión                                                                                                                                                                                               Evidentemente el señor Seidel tuvo un acierto sociológico y un gran dominio pedagógico al solucionar el problema de la coeducación en un medio tropical. Contribuyó poderosamente a estructurar una sociedad. Y en esa labor destaca singularmente si se considera que el medio en que actuó era totalmente ajeno a su paisaje y a sus costumbres. Labor de adaptación, de comprensión y gran esfuerzo. Muchas generaciones de jóvenes bachilleres, que empiezan a responder positivamente en los variados y complejos frentes de la vida, son una respuesta elocuente. Habrán de superarse y, como protagonistas de la historia de Tumaco, es posible que realicen otra trascendente.- Atesorar conocimientos, dosificarlos y transmitirlos, es labor de suyo grande. Pero cuando a ella se unen capacidades de investigador, de científico, de hombre honrado y generoso sin afectaciones, tal cometido resulta extraordinario y perdurable. Constituye un jalón en la historia. Y la humanidad, que según Pascal es un hombre que perpetuamente crece y perpetuamente aprende, tiene la ineludible misión de alcanzar y sobrepasar esa meta. Es la ley del progreso.- La vida y la obra del señor Seidel significa igualmente un jalón en el suceso de esta Joven comunidad tumaqueña. Al pretender analizar el fenómeno de su obra y sus consecuencias, deseamos que ellas progresen, se extiendan y se acentúen; de suerte que, siendo entonces aspiración para el presente, el espíritu que la animó sea para hoy tan actual como para entonces. Podremos comprender, teniendo nosotros parte siquiera de ese espíritu, que una vida así "fecundiza para el saber las generaciones que le siguen". Cuando uno repara en la vida admirable de esos hombres consagrados al servicio de un ideal, encuentra mucha verdad en aquel pensamiento de ese artista maravilloso y desgraciado que fue Van Gogh: “El hombre no está en la Tierra sólo para ser feliz, está aquí simplemente para ser bueno, está aquí para llegar a la nobleza y sobrepasar la vulgaridad en la cual se arrastra la existencia de la mayoría de los hombres”.

Por: Ramon Aguirre Merchancano y Telmo Leusson Flórez

Tumaco, Junio de 1959


Mi Corazon solo pertenece a esta bandera y a este suelo

Escrito por oscarseidel 16-03-2016 en Escritos de amigos. Comentarios (0)

V IERN ES, 1 6 DE EN ERO DE 2 0 0 9

MI CORAZON SOLO PERTENECE A ESTA BANDERA Y A ESTE SUELO

Mi corazón sólo pertenece a esta bandera y a este suelo. He regresado a mi patria, lo último es una certeza, no soy un chauvinista exacerbado, ni un denigrador a ultranza del nacionalismo. Uno nace en algún lugar, no diría que es imaginario como definen los utópicos. Ellos buscan un territorio que no existe: imaginan una sociedad bondadosa, idean el ademán de paz entre las diversas razas. La palabra igualdad es la más mencionada y rentable. De esa manera han buscado la isla del preste Juan, han creado doctrinas y las diversas religiones tratan de poner en caudal esas diferencias. Jauja fue un país que no existió y quiere reemplazar el paraíso, pero sospecho que de ningún árbol o cielo puede caer el maná.

Ahora soy un explorador con su cartografía conocida pero oculta y, lo peor, desaparecida. Debí huir a los 22 años y sé, palmo a palmo, cada centímetro de mis calles y de mi casa, cada origen de los caminos en el verde de cada montaña, los exactos colores de mi paisaje y cada gesto de los rostros de mis familiares y vecinos. De Konigsberg sabía la hora precisa en el momento preciso con la exactitud del recuerdo y la rabia.

Digo que soy explorador porque regreso a un lugar ya sin origen, ya sin mapa, ya sin historia; esa es, era mi patria, tatuada en mi corazón. Aunque la patria es un gran territorio con límites definidos es bien cierto que esa patria donde ahora me debo mover con visa y pasaporte, tiene como curiosidad que no se conoce del todo. Una misma lengua, un mismo himno, un mismo territorio no deja de ser como una especie de aula y de jaula.

Puedo afirmar que las patrias no son más que una creación artificial ya que cada hombre es en sí mismo su patria, su religión, su historia y su origen. Ciudades, personas, costumbres, idiomas juntados al azar para pensar que patria es un territorio enorme del cual conocemos acaso a nuestros vecinos y familiares un poco; eso, un poco.

¿Patria?, me digo, con esa tristeza de saber que regreso a mi ciudad como un perfecto desconocido, como quien sale a realizar un mandado y no vuelve a casa hasta después de cincuenta años y aún piensa que lo esperan a cenar. El pequeño paisaje caminado durante años, sus aceras, sus mujeres; esa es la patria. Patria lugar donde uno amaneció después de una larga historia de sombras, la otra donde cerramos los ojos, donde se apaga la luz de una manera definitiva, donde se oculta el sol que es la tarde de nuestra muerte. Patria: los muchos nombres. Patria un vano diagrama jurídico con miedo al vecino. Patria el corral propio donde puedo moverme sin pasaporte o visa. Patria lo que todos queremos.

Mi nombre es Matthias Velkin.

He regresado a mi patria, mejor a lo que ya no puede ser mi patria. Hablo del último gran país, imperio, reino si se quiere llamado Prusia. Antes de morir quiero ver mi tierra prometida que viví y padecí. Ya sé han unificado las Alemanias, Varsovia fue edificada de nuevo palmo a palmo, casa a casa. Renació de sus cenizas de guerra y destrucción. París no fue destruida por el mariscal alemán quien se ensombreció de tanta belleza. Prusia fue partida y entregada como botín de guerra. Veo cómo algunos jóvenes sienten a su patria, veo cómo algunos golpean con martillos, picas y barras ese muro cantado desde diversas ideologías. Los guardas del costado oriental también ayudan y son los primeros en huir, los de este lado no tienen donde asilarse. Esa zona muerta de edificaciones con arquitectura detenida poco a poco se puebla de personas que inician un éxodo hacia el costado donde me encuentro, pero ellos saben que ese muro erigido físicamente nunca pudo taladrar las verdaderas fronteras situadas mucho más allá. Lo vi construir alrededor del viejo Berlín, vi prófugos que se estrellaron contra las alambradas cuando la ignominia de los gobiernos triunfantes decidió reclamar su botín. Escuché la apoteosis de un conjunto de rock, Pink Floyd, macerar su música, decirnos su música, gritarnos su música porque una cosa es la paz construida con muros y otra la patria y otro el origen que se padece: se siente.

He regresado a mi patria y ahora, en 1990, cuando cae otra ideología por culpa de los mismos hombres que crean jerarquías, he quedado reducido a una palabra: paria, el que no tiene la "t" de patria, así como Prusia parece una extensión sin la "p" de Rusia. La patria queda mencionada sólo como el azul de Prusia. Vaga referencia. He exhibido mi pasaporte pero sólo causa consternación porque viajo a un país que no existe en el mapa, ni en los itinerarios de las líneas de aviación.

Mi nombre, mis hermanos y mis padres fueron buscados a lo largo de la vieja Europa. Los retratos aún se exhiben en los aeropuertos como unos de los millones de personas que se perdieron, que no saben si viven o si fueron asesinados en un campo de concentración, que es lo más probable. Aún guardo la esperanza de encontrarlos aunque la esperanza es el cofre inútil de la misma desesperanza. Sí, mi rostro adolescente, mis padres maduros y serios junto a mis hermanos, todavía aparecen en las fotografías de desaparecidos. Pero para ellos existe un término. La muerte uniforma y nos reduce no sólo a polvo y a mis recuerdos sino a una simple conjunción de nombres.

He llegado y sólo me ha quedado una opción: caminar sobre un papel, dibujar los siete puentes que existían sobre el río Pregel cuyos brazos rodeaban la isla Kneiphof, para cumplir ese acertijo matemático que un ciudadano inventó y el cual no se debe pasar más de una vez como acostumbraban sus habitantes los días domingos. Lo he repetido como un rito, sin lograr un mínimo acierto. Por más que me esmere en preguntar direcciones nadie responde, hacen un gesto de interrogación. Sé que a lo mejor tienen miedo a la llegada de un espía con su sarta de mentiras.

El matemático Bessel, el misterioso Hoffman, aquel gran jugador de billar y cartas, orador y bibliotecario de la librería real hasta ser profesor de metafísica en su universidad, y algunos traidores, son tus hijos, Konigsberg.

Durante la Segunda Guerra, Konigsberg fue cedida como trofeo de nuestra derrota a Rusia y nombrada Kaliningrado. Vimos llegar tanques guardando en su vientre de muerte recios soldados de mandíbula cerrada, polvorientos camiones atestados con innumerables familias de colonos mientras de este suelo sagrado lleno de dolor eran expulsados los últimos prusianos. Los edificios emblemáticos fueron destruidos y sobre las nuevas ruinas se levantó otra ciudad sin origen, ni direcciones, sin historia, ni odios; despersonalizada. Apenas queda la huella de tu nombre, Konigsberg, historia y nada: papeles y mis lágrimas.

He deambulado por la calle donde caminé de joven, y el lugar donde presumo que estudié ahora guarda otro nombre. Mi paisaje es mi recuerdo. Los trigales y el bosque no existen, así como una antigua taberna para beber cerveza. Pero me justifico: no fui Martín Heidegger, quien se enamoró como un adolescente tierno de una alumna, Hannah Arendt, convirtiéndola por más de sesenta años en su amante. Ella había nacido en esta ciudad. Par de contradictorios con su amor a las sombras. Hannah vivía en una buhardilla cerca de la universidad en Marburgo donde estudiaba filosofía. Ella aceptó las reglas, vivieron su frenesí en estricto secreto. No lo sospechó ni su esposa, ni los mejores amigos. Durante dos años sus claves secretas fueron su diálogo: mensajes cifrados para citas armadas con precisión. Lámparas prendidas, ventanas y puertas abiertas, avisaban peligros, facilidades y felicidades. Contradictorio, dije antes, ella culta y adinerada, de pelo corto negro y ojos penetrantes, él casado con dos hijos. A lo mejor ella pensó, con un filósofo no se vive dos veces. Él no pudo ocultar su simpatía con el nazismo, ella exilada en USA, escribió contra el totalitarismo. Y otra vez más contradictorio, él le llevaba diecisiete años y fue su musa para uno de los treinta libros que se salvan del olvido en su siglo: Ser y tiempo.

Mientras ella se convierte en su embajadora por el mundo, él continúa con su juego de espejos y secretos. Con la derrota de Alemania la vida del filósofo fue una disculpa permanente. Los aliados lo declararon culpable, se le prohibió ejercer la cátedra. Se dedicó a reescribir su vida, inventó un personaje: el oponente silencioso al régimen nazi, el combatiente del comunismo, el redentor de la civilización occidental; víctima de los vencidos y después de los vencedores.

No me justifico. El planeta se encuentra rodeado de traidores de la más alta estirpe y de la más baja elección. En la Segunda Guerra fui separado de mi familia; mentiras, me enrolé en un grupo de exilados para descubrir sus rutas. Trasegué por la frontera española: en Port Bou oficié de redactor, en un campo de concentración para extranjeros, de una revista escrita a mano por diez presuntos anarquistas. Luego huí a América donde vendí no sólo mi alma al mejor postor, sino implementos de cocina ideados por mí para sustentar y sostener al poeta que había en mí y desechar ese ser despreciable que vive en mí: el sucio espía. Nunca publiqué nada, he pasado largas noches acercándome a Dios; tampoco dije, ¿para qué la poesía en tiempos de guerra? Heine el lloroso, Benjamin el intelectual, el príncipe Goethe, las violas de la noche de Novalis me acompañaron en mi exilio. Pero nada he logrado, no tuve el amigo incondicional que quisiera quemar mis papeles.

Cuando regresé llevaba mi maleta repleta de manuscritos con la historia de mi país y la historia de mi familia, también mis secretos vendidos a alto precio y mi diario, pero encuentro que he llegado a un lugar con otro nombre que nadie reclama. He regresado a un lugar donde nadie se ocupa de saber si es verdad que esos paisajes que narro existieron, a nadie le preocupa saber qué fue de Prusia, país partido y repartido como botín de guerra. Incluso con este maquillaje por diversos países que habité, no encuentro en el directorio telefónico un rastro de mi apellido. Es la patria disuelta, paria, patria despedazada nunca armada por los díscolos hombres que crearon otras fronteras. Supe que todos los habitantes fueron obligados a cambiar de nombre y apellido, así como yo lo hice para obviar mi pasado y la oculta sombra que arrastro. Es más, no quiero ir a mi patria espiritual Israel, ese es un sueño prometido, ese país no existe más que en mi memoria. La definición actual no deja de ser una abstracción.

Me digo que los países deberían ser sólo ciudades donde nos reconozcamos. He guardado recortes de periódicos que hablan de la póstuma Potsdam. He guardado todo tipo de referencias: las primeras músicas de Pomerania, las fotografías del mar Báltico. Nunca renegué de mi patria. Otros fueron rebautizados alemanes, judíos o polacos, rusos o parias de un plumazo. Decidí huir, irme lejos, cantar a mi suelo, plasmar a mi suelo, pero a nadie le interesa que he vuelto con su memoria escrita en mi diario y con la geografía completa y el compendio de la historia de Prusia. Sus habitantes han huido, muerto o cambiado de nacionalidad. Ahora soy un paria, alguien que en verdad no existe y ha creado y mantenido la memoria de un país que fue rearmado en otros. No comprendo por qué los hombres pelean por un pedazo de tierra cuando ésta nadie se la puede llevar. No valió que haya guardado el himno, la bandera, un puñado de mi tierra y las monedas con las cuales traficamos. Soy el último prusiano y perdí de una manera inútil el tiempo al buscar una prusiana verdadera para reiniciar nuestra raza y poblar nuestro suelo, cuyo nombre y memoria ostentan otros nombres.

La había conocido por Internet, decía ser prusiana verdadera y fui a visitarla a París. Le enseñé mi heráldica, la última heráldica de país del cual renegamos todos, que tuvo movimientos nacionalistas en otras fronteras, supe que era imposible lo que podría ocurrir pero bastaba empezar de nuevo una nueva raza aunque le faltaba ímpetu y sazón.

Aprendí otras lenguas para caminar dentro de las páginas de otros libros, el francés y el inglés. Casi olvidé mi idioma, mi viejo alemán de palabras ahora arcaicas, de palabras ahora con otro uso. Esa es mi ignominia, parece que yo tampoco existo. Mi partida de bautismo en una iglesia protestante no existe, así como el de ningún componente de mi familia. Extranjero en mi propia ciudad y país con pasaporte extranjero, no sólo me siento lejos de mis nombres ahora cambiados, de mi apellido ahora borrado para evitar ser detenido y deportado y asesinado por ser judío y, a más de eso, traidor de mi patria espiritual. De los archivos las fotos, las palabras de mi patria y mi familia fueron borradas.

Soy el último sobreviviente de una familia que todos olvidaron y de una patria que todos callan, traicionada por sus detractores, nunca tendrá la posibilidad de reunificarse o de mantener un gobierno en el exilio, un rey en otro país esperando que se reponga de nuevo la monarquía.

He pasado varias semanas caminando por mis calles como si fuera un extranjero de pérfida fama y, falaz, he realizado llamadas telefónicas a diversas personas a lo largo de un directorio telefónico, pero nadie recuerda mi nombre, ni el de mis mayores. Con la vejez y la bajeza no se perdonan nuestras miserias y somos desechados hacia un eterno descanso: la inexistencia.

Repasé en mi exilio las palabras del argot, color local, que me dieron las personas con quien hablé. Pero esas palabras nadie las recuerda. Sé que ha muerto una patria posible, mi idioma original con matices del bosque negro. Todo eso se diluyó en la vileza de una guerra y en los atisbos de los peregrinos. Me entran unas dudas terribles, ¿es el pasado un invento personal? A lo mejor sea mejor olvidar lo que busco y sólo sea el producto de una reminiscencia lo que me ha hecho regresar. No quiero morir en suelo extranjero, que la savia que nutrió mis ojos los cierre. Sé que esto es una tontería; una gran tontería, pero el regreso, de no cumplirse, se convierte en una utopía.

Los bosques, las carreteras, los barrios, los bares a pesar de que están en el mismo lugar tienen otro nombre. Al obviar los viejos colores bávaros, las antiguas alquerías y nuestros símbolos de una vez borramos nuestra memoria; escondimos en nuestra maleta ese país cuya gloria sólo la renueva Bismarck, los emblemas del ejército imperial, el casco y los gonfalones disciplinados de un ejercito marchito.

En mi casa natal encontré a mi hermano mayor, ya un anciano surcado por el rostro de nuestro padre. Lo reconocí por su displicencia para con el menor. Le digo mi nombre, le hablo de nuestros padres, de los secretos de casa; ya sabemos que en cada casa tenemos nuestro lenguaje furtivo. Muchos admiten lo mismo, dijo, olvídese de regresar, ese lugar no existió es un mal juego de la memoria. No me permitió entrar. Desde el patio vi un pájaro en una jaula. Esta carta que le entrego se la envió mi padre, la última tarde en que partió para el frente, dije. Pero no me cree, es como hablarle a la misma muralla china. He escuchado cantar el pájaro; en ese canto me reconozco. El pájaro canta lo mismo hace miles de años, a lo mejor es el mismo de hace miles de años; canta por necesidad. Yo lo escucho y me da su memoria, mi memoria.

Sí, todos los nacionalismos son odiosos pero también los no-nacionalismos son odiosos. Los primeros sufrieron un lavado de imagen para que las naciones grandes no reconocieran las pequeñas nacionalidades desperdigadas en tantos países: los gitanos, los rusos blancos, los sioux, los vascos, los kurdistanes, los valacos. Pura teoría, no tengo patria y soy un paria. No pude encontrar otras mujeres prusianas con las cuales fundar una colonia, una suerte de paraíso terrestre para iniciar otra civilización, para que algún día Prusia existiera de nuevo.

Sí, Prusia fue mi patria provisoria, mi helan, mi utopía. Es mejor que no exista para no dolernos. Ellos, los desaparecidos, los masacrados en campos de concentración tampoco podrán saber cómo mi corazón se vuelve de cristal. Pero ya es tarde. Traicioné a todo el mundo, vendí mi conciencia y mi alma. Aún creo que este viejo pasaporte prusiano me dará alguna seguridad. Pero recuerdo: soy un traidor.

Víctor Bustamante

Escritor colombiano (Barbosa, 1954).